Leer a Arendt

Antes de convertirse en el reconocido libro: Eichmann en Jerusalem: un reporte sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt escribió una serie de artículos para The New Yorker. El primero está fechado el 13 de febrero de 1963. Le siguen otros cuatro en las semanas siguientes.

Siempre me ha parecido que la decisión de Arendt de acometer la empresa del análisis del juicio de Eichmann es una de las piezas culturales más significativas con las que contamos para la comprensión no sólo de ese ominoso capítulo de la historia que es el Holocausto Nazi, sino además para comprender los pequeños y (en apariencia insignificantes) mecanismos que subyacen al funcionamiento humano y que pueden dar cuenta de un horror total.

Eichmann en Jerusalem es, hoy, un texto de absoluta actualidad y vigencia. Todo el texto es memorable, desde luego, pero recorriendo ese primer texto publicado en febrero de 1963, de pronto me detengo en este párrafo, lleno de significados. Lo traduzco al vuelo:

La asombrosa voluntad de Eichmann, tanto en Argentina como en Jerusalén, de admitir sus crímenes se debió menos a su propia capacidad criminal de autoengaño que al aura de mendacidad sistemática que había constituido la atmósfera general, y generalmente aceptada, del Tercer Reich. “Por supuesto” él había jugado un papel en el exterminio de los judíos; por supuesto, si él “no los hubiera transportado, no habrían sido entregados al carnicero”. Se siguió preguntando: “¿Qué más hay que ‘admitir’?” Prosiguió diciendo que, ahora, “le gustaría encontrar la paz con [sus] antiguos enemigos”, un sentimiento que compartió no solo con Himmler (quien lo había expresado durante el último año de la guerra) y con el líder del Frente de Trabajo Robert Ley (quien, antes de suicidarse en Nuremberg, había propuesto el establecimiento de un “comité de conciliación” compuesto por los nazis responsables de las masacres y los sobrevivientes judíos) pero también, increíblemente, con muchos alemanes ordinarios, que se escucharon a expresarse en exactamente los mismos términos al final de la guerra.

El fragmento original en inglés es este:

Eichmann’s astounding willingness, both in Argentina and in Jerusalem, to admit his crimes was due less to his own criminal capacity for self-deception than to the aura of systematic mendacity that had constituted the general, and generally accepted, atmosphere of the Third Reich. “Of course” he had played a role in the extermination of the Jews; of course if he “had not transported them, they would not have been delivered to the butcher.” He went on to ask, “What is there to ‘admit’?” Now, he proceeded, he “would like to find peace with [his] former enemies”—a sentiment he shared not only with Himmler (who had expressed it during the last year of the war) and with the Labor Front leader Robert Ley (who, before he committed suicide in Nuremberg, had proposed the establishment of a “conciliation committee” consisting of the Nazis responsible for the massacres and the Jewish survivors) but also, unbelievably, with many ordinary Germans, who were heard to express themselves in exactly the same terms at the end of the war.

En el link al final de este párrafo puede leerse completo el primer texto de la serie que publicó The New Yorker: Eichman in Jerusalem – I.

Imagen vía: Nevillescu

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s